No es cuestión de raza

Infinidad de críticas ha generado la decisión de la vicepresidenta de la república, Francia Márquez, de viajar en helicóptero a su casa, en el municipio en Dagua, Valle del Cauca. Desde hace meses, en las redes sociales se empezaron a ver las imágenes de un helicóptero que aterriza en una especie de jardín. Era Francia Márquez llegando a su casa, un fin de semana cualquiera.

Pero no se trataba de un hecho excepcional. La vicepresidenta decidió que no iría a su casa de familia en automóvil, pues hace unos meses fueron hallados unos explosivos en el camino a su vivienda. De inmediato se alzaron las voces que alertan del despilfarro para los recursos públicos que implica esta decisión de la vicepresidenta, pues cada desplazamiento en helicóptero vale cerca de 60 millones de pesos.

Francia ha dicho que lejos de querer moderar el uso de la aeronave o de creer que fue una equivocación haber convertido este helicóptero en su vehículo particular, lo seguirá haciendo. En entrevista dada a esta revista ha dicho: “Lo siento mucho, que vayan y me demanden si estoy haciendo algo muy mal, pero después de haber vivido un atentado frustrado en la vía que conduce a mi casa, no me voy a dar el lujo de facilitarles las condiciones para que me maten más rápido”.

Es entendible que la vicepresidenta sienta temor por su vida. Tristemente, en este país casi que todos los altos mandos del Gobierno suelen ser objetivo militar de los grupos armados, al igual que los líderes sociales, los periodistas de región y los miembros de la fuerza pública. Pero ninguno puede darse el lujo de movilizarse en helicóptero.

No parece entenderse el capricho de Francia Márquez en seguir manteniendo su lugar de residencia en Dagua. El lugar de residencia del vicepresidente, al igual que el del presidente, los ministros y los altos mandos del Gobierno, es Bogotá. Eso se da por descontado, porque todo el centro administrativo y de gobierno de Colombia está en su capital. Y es obligación de los funcionarios de Gobierno estar ahí.

Pero la vicepresidenta ha decidido vivir sola en la casa de gobierno, mantener a sus seres más queridos en Dagua y utilizar un helicóptero cada vez que puede para visitarlos.

“Si fuera blanca y de élite, no estuvieran haciendo escándalo, porque es normal. Es normal que a una persona de élite que nació en cuna de oro la transporten en esos equipamientos y esas aeronaves, pero no es normal que una mujer que trabajó en una casa de familia y que ahora es vicepresidenta de Colombia se trasporte en eso. Porque es la vicepresidenta pobre, que viene de abajo, humilde, entonces no lo puedo usar”. Dijo. Y continuó: “Y pueden llorar, pueden gritar, pueden hacer todo lo que quieran. Me pueden ir a demandar si quieren, y que sea un juez que defina si estoy haciendo algo ilegal o estoy haciendo lo correcto”.

No, señora vicepresidenta. Esto no tiene que ver con ser blanco o negro, o de élite, o haber nacido en cuna de oro o en el más humilde de los hogares colombianos. Esto nada tiene que ver con racismo o clasicismo o machismo. Tiene que ver con el uso racional de los recursos públicos y la obligación constitucional de los funcionarios del Estado de optimizar la ejecución de los presupuestos a su cargo.

No es verdad lo que afirma que si usted fuera una mujer blanca o de élite no la estarían criticando. En ese helicóptero podría subirse cualquier otro: un indígena, un gitano, un gordo, un flaco, el hijo de un presidente, la esposa de un ministro o el ministro mismo. Y la crítica será igual. Porque, contrario a lo que usted dice, no es normal que un funcionario del Estado utilice los bienes que están destinados a la prestación de un servicio en usos particulares, que bien pueden suplirse también de formas menos onerosas.

Los funcionarios públicos no tienen carta abierta para disponer de los bienes del Estado a capricho, porque los bienes públicos no son de nadie en particular, sino del Estado mismo, que representa a todos los que en él habitamos.

Parece que a Francia Márquez, al igual que a sus seguidores, se le olvidó ya el escándalo tras conocerse que el entonces presidente Iván Duque utilizó el avión presidencial para transportar a sus hijos, esposa y algunos amigos a celebrar el cumpleaños en Panaca. Reprochable y deplorable fue esta conducta, que criticamos desde tantas orillas, por constituir un despilfarro en el uso de los dineros públicos.

Lo que es llamativo es que ahora Francia Márquez haga eso mismo que tanto criticó por años y que la llevó precisamente a ser la vicepresidenta de la república: aprovecharse de privilegios por estar en un cargo, argumentando que por la posición que ostenta tiene derechos por encima de los demás.

Sería distinto que, de forma excepcional, la vicepresidenta tuviera que transportarse a su natal Dagua y que para ello utilizara un helicóptero. Nada que criticar tendría tal situación, pues lo excepcional haría que se justificara su uso. Pero pretender ahora utilizar una aeronave del Estado a cada rato, para ir a su casa, no es más que un capricho propio de esos ególatras que abusan de sus privilegios para pasar por encima de los demás. Esos ególatras que tanto desprecia y sobre los que prometió no tendrían cabida de llegar al Gobierno.

Señora vicepresidenta, como funcionaria del Estado es su deber hacer un uso racional de los bienes públicos y evitar cualquier actuación que signifique un detrimento en el patrimonio estatal, porque esos dineros que se gastan en cada vuelo no son suyos, ni del despacho que regenta. Son de todos los colombianos.

Estamos de acuerdo todos en que es hora de atender el llamado que usted misma hace, y pedir a las autoridades que investiguen si este uso de un bien público ha desconocido los principios de austeridad del gasto público. Pues aunque no le guste, es su obligación como funcionaria. “De malas”.

Author: editor

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