La mujer y su derecho a educarse

A nivel global, según la Unesco (2021), entre 1995 y 2018 la matrícula de la población femenina en estudios de educación superior se triplicó en el 74 % de los países.

El acceso de la mujer a la universidad podría univocarse como una batalla muy larga y con un alto costo, incluso, de vidas por el reconocimiento de su derecho esencial a la educación, y como la sublevación y la lucha contra la opresión y la segregación histórica patriarcal de las que ha sido víctima en todos los aspectos de su dignidad. Ni siquiera la evolución y madurez de la sociedad contemporánea, ni el ejemplo valeroso de quienes han sacrificado su vida por este propósito, han logrado cambiar del todo esta cruel realidad.

Esta gesta tiene millones de rostros, embebida en compromiso y sacrificios: en tiempos recientes (2012), la ahora Nobel de Paz, Malala Yousafzai, fue baleada siendo una niña por su oposición a las restricciones a la mujer para educarse en Pakistán, pero también está el de Hipatia de Alejandría (355-415 aproximadamente), una de las primeras matemáticas de la historia, lapidada por cristianos que se sintieron avasallados por su liderazgo y erudición.

En el trasegar de la educación superior también se destacan nombres como el de Elena Lucrezia Cornaro Piscopia, considerada la primera mujer con título universitario, al doctorarse en 1672 como filósofa en la Universidad de Padua, en Italia, después de que el canciller de la institución, quien era asesor del papa Inocencio XI, le negase matricularse en teología.

Tristemente, nada muy lejano a esos horrores presenciamos aún, hoy, en el mundo. La noticia reciente de la revocación del acceso de las mujeres a las instituciones de educación superior por el régimen talibán, en Afganistán, le asestó un nuevo golpe a la población femenina de ese país, donde ya se había limitado el ingreso de las jóvenes a la secundaria.

Con una valentía que impresiona por el riesgo al que se exponen sus vidas, ellas han levantado su voz contra la opresión, aprovechando, además, la tecnología para que el mundo conozca su drama y se solidarice rechazando tan absurdas restricciones. Por ello, la ONU exigió la revocatoria de la medida. Frases como “tal vez más estudiantes mueran, pero al final ganaremos” evidencian el denuedo de las mujeres afganas, su amor profuso por la educación y su compromiso inalienable de servirle a su sociedad como profesionales y científicas.

Esta valerosa lucha de las mujeres por estudiar, pese a todos los obstáculos impuestos, está dando buenos frutos. Ellas constituyen actualmente la mayoría de los estudiantes de la educación superior en Colombia y el mundo. En nuestro país, de acuerdo con el SNIES, de 20448.271 estudiantes matriculados en pregrado y posgrado, a 2021, 1′307.376 son mujeres, lo que equivale al 53,39 % del total.

A nivel global, según la Unesco (2021), entre 1995 y 2018 la matrícula de la población femenina en estudios de educación superior se triplicó en el 74 % de los países. Otro dato importante es que las mujeres constituyeron el 53 % de los graduados de pregrado y máster en 2014, y en doctorados fue del 44 %.

Igualmente, es necesario mejorar su participación en el mundo de la ciencia. Según la Unesco, a 2020, apenas el 30 % de investigadores del mundo en las universidades eran mujeres, y son el 35 % de quienes cursan estudios de enseñanza superior en STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, por su sigla en inglés).

Como sociedad es nuestra obligación no solamente garantizarle a la mujer el acceso a la educación, en todos sus niveles, sino acompañarlas en este inmenso desafío que enfrentan desde tiempos pretéritos.

*Rector de la Universidad Simón Bolívar.

Author: editor

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